Si ya de por sí un rescate espeleológico es de difícil realización en cualquier caso, los materiales y técnicas que se utilizaban en espeleología en 1943 nos dejan impresionados. He aquí el relato de Norbert Casteret que vivió el accidente de dos compañeros en la Sima de la Mujer Muerta.

'Este año de 1941 fue muy difícil y muy cargado para mí; me dediqué por completo a mis hijos y sólo en el mes de octubre —ya fuera de estación, en la montaña— pude liberarme y subir con [Marcel] Loubens a la Henne Morte.

Josette Segouffin no pudo venir con nosotros y éramos de nuevo dos —número insuficiente— los que nos disponíamos a descender a la sima.

Inmerso en la niebla, aquel gran embudo tenía en verdad un aspecto siniestro. Por un lado una enorme hondonada de paredes verticales que oculta, invierno y verano, gran cantidad de nieve; luego el orificio de la sima, que se abre ante nosotros como en una mueca.

Fue en este lugar, realmente impresionante y lúgubre, donde se desarrolló, medio siglo antes, el drama que dio su nombre a la sima antes anónima. Una mujer de aquellos lugares perdida en la niebla (muy frecuente en este macizo), vagaba por el sombrío bosque de abetos, a través de un caos de rocas despedazadas y cayó en la sima, como atestiguaron uno de sus zuecos encontrado al borde del abismo y su pañoleta cogida en un matorral.

Naturalmente, nadie soñó en bajar a esta sima horrible, que desde entonces tomó el nombre de Clot de la Henne Morte (“Abismo de la mujer muerta”).

Hoy, rehaciendo las maniobras y los ejercicios que un año antes efectuaron Josette y Marcel, llego con mi compañero a la neviza subterránea, una sólida colina de nieve. Las nieves del invierno se acumulan aquí y forman una montaña blanca de un efecto inesperado e insólito en aquellas tinieblas.

Es aquí, bajo este lienzo de nieve, donde yace el cadáver —probablemente bien conservado— de la desgraciada víctima de las simas.

Rápidamente alcanzamos lo que fue el término del reconocimiento del año anterior y seguimos descendiendo con ayuda de nuestras cuerdas y escalas.

A los ciento diez metros de profundidad nos vemos detenidos por una gatera demasiado estrecha, que tras largos esfuerzos logramos franquear, para alcanzar más abajo un balcón en el que nos encontramos faltos de aparejos.

Un sondeo rápido nos revela una vertical de cuarenta metros, lo que resulta una profundidad de ciento setenta metros desde la superficie del suelo.

Mientras descendíamos habíamos encontrado ya el riachuelo que en 1940 oyeron Loubens y su compañera. Además, en el fondo del último pozo, escuchamos un nuevo río más importante aún.

La sima de la Henne Morte iba a vernos descender de nuevo al asalto de las profundidades. Pero comprendiendo que, siendo sólo dos, la exploración resultaba imposible y además una locura, reclutamos un equipo de voluntarios.

Todos ellos eran de gran empuje, pero todos novicios. A causa de las circunstancias, de los años de guerra, se trataba de muchachos muy jóvenes, demasiado jóvenes acaso.

Estos mismos años de guerra y de restricciones alimenticias y de todas clases, originaron que en las exploraciones subterráneas —que se revelaron muy difíciles por la baja temperatura de la sima y las terribles cascadas— nos encontrásemos mal nutridos y mal equipados.

Nuestros colaboradores, realmente incondicionales y llenos de entusiasmo, eran: Castéran, Careen, Compans, Delvigne, Maurel, Pellegrin, Rieusset, Seurey. Todos amigos de mi hijo Raúl, que me acompañó en todos los descensos. El único adulto y experimentado era Delteil, que desde sus primeras armas en el río Labouiche se había convertido en mi alter ego , mi compañero inseparable en todas las ocasiones.

A pesar de las circunstancias tan desfavorables y en ciertos momentos inquietantes, fuimos progresando y hundiéndonos cada vez más en este abismo húmedo.

En la séptima tentativa, el 18 de julio de 1943, mientras algunos de nosotros se iban quedando a diversos niveles para facilitar el ascenso del equipo en los diferentes pozos, yo llegaba con Loubens, Delteil, Maurel y Cásteran a los doscientos cuarenta y cinco metros de profundidad.

Había allí una sala en la que dos cascadas caían y confluían en un lago que se desbordaba en una catarata espumeante hasta un nuevo abismo subyacente. Fue en este pozo vertical de cien metros donde efectué un descenso memorable, contraído sobre mi escala, con la lámpara apagada, en la oscuridad absoluta, ensordecido y empapado por la cascada.

Abajo puse pie junto a un lago subterráneo en el que pude establecer de nuevo la iluminación y observar que el abismo se prolongaba en un nuevo pozo vertical, igualmente barrido por la misma terrible cascada.

Con el silbato ordené el ascenso. Izado por mis cuatro hombres, aparecí empapado y abatido por el chorro de agua, convencido de que la sima continuaba pero que jamás llegaríamos a vencerla con nuestros pobres medios. Había alcanzado la profundidad vertical de trescientos cuarenta y cinco metros, pero también los límites de mis posibilidades y franqueado ampliamente las fronteras de toda prudencia.

A pesar de todas estas consideraciones, un mes más tarde volvimos de nuevo a la Henne Morte. Esta vez habíamos proyectado que Loubens y yo descenderíamos hasta el término de la ocasión precedente y desde allí, con escalas, atacaríamos el siguiente pozo.

Éramos once; nunca nuestro equipo había sumado una cifra tan elevada y estábamos llenos de optimismo.

Las maniobras se efectuaron ahora casi maquinalmente y en la mayor euforia. Los muchachos se fueron organizando en los diversos balcones, cantando mientras esperaban una orden que no iba a darse sino dentro de una veintena de horas. Todo marchaba como sobre ruedas, hasta que alcanzamos los doscientos metros de profundidad.

Yo avanzaba en cabeza con Delteil y Loubens, ocupado en fijar una escala para el descenso en la sala del lago, cuando se produjo un accidente que Loubens ha narrado en su carnet.


“De pronto, un ruido sordo… Inmediatamente un grito terrible, enorme en aquellas tinieblas, seguido de una llamada que sonó patética tres veces consecutivas: “¡Socorro!”

“Volamos de roca en roca y en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos junto al compañero herido. Es Maurel. Yace en un charco de agua, doblado sobre sí mismo y gimiendo por lo bajo. Lo levantamos con precaución y lo apoyamos en la pared. Nos mira. No olvidaré nunca su mirada: en ella están retratados el horror, el sufrimiento, el miedo. Por fin consigue explicarse. El cuerpo está intacto, la cabeza protegida por el casco. El brazo izquierdo lo tiene roto. Lo sostiene con su mano sana y queda abatido, balanceando la cabeza, gimiendo débilmente…

“La exploración se interrumpe. Ahora sólo existe un fin, una sola razón por la que luchar: sacar al herido de allí. Cada uno, desde su puesto, sin excitaciones perturbadoras, se apresta de todo corazón a la difícil tarea del ascenso.

“Al disiparse la conmoción, Maurel se anima y ayuda en todo lo que puede a los que le suben. El primer pozo, donde ha caído, queda pronto vencido y superado.

“Henos aquí ahora al pie de un nuevo pozo de cuarenta y cinco metros. El grueso del equipo asciende para asegurar el izamiento del herido.

“Segundos más tarde, la cuerda de sostén cae pesadamente junto al trío que ha quedado abajo: Maurel, Deleil y yo.

“Con muchas precauciones el herido llega hasta la escala. Se le coloca un sólido cinturón de salvamento. Le atamos. Dos silbatos: el izamiento da comienzo y se interrumpe bruscamente: Maurel cae a los dos metros. Afortunadamente estábamos allí para cogerle al vuelo. La cuerda que acaba de romperse es reemplazada. Esta vez Maurel hace un esfuerzo e intenta trepar a lo largo de la escala ayudándose de su brazo sano. Delteil le ata por segunda vez. Todo está preparado. Se conviene la táctica por señales con el equipo de arriba.

“Quedo cogido a la escala para estirarla con todas mis fuerzas. Delteil está atado con Maurel por una cuerda, para que no caiga en el vacío. Colocamos a Maurel de cara a la escala. Delteil se retira y silba. Silba hasta quedarse sin aliento. La cuerda se tensa, Yo meto un pie del herido en el escalón . Desaparece. Sube, va subiendo. Me agarro fuertemente, dando la espalda entera a la ducha helada. Allí arriba oigo el “¡Oh, iza!” que ordena Casteret. Maurel permanece silencioso. ¿Dónde puede estar ahora? ¿A qué altura? No sé; sólo hay una idea fija en mi mente: sostener la escala, impedir que mi compañero pueda balancearse sobre el vacío.”

Loubens, completamente absorto en su misión y preocupado por la suerte de Maurel, no podía imaginar en aquel momento de espada de Damocles que estaba suspendida sobre su cabeza y el peligro que corría.

Un gran fragmento de roca se desprende de improviso del margen del pozo, le cae encima y le precipita al suelo sin conocimiento, con el omóplato y varias costillas rotas…

Pasemos por alto el horrible calvario de las veintisiete horas que siguieron hasta que conseguimos ganar de nuevo la superficie con nuestros dos heridos.

Sólo en la mañana del tercer día pudieron ingresar en una clínica; tres días después de haber llegado a la Henne Morte llenos de optimismo, ahora vencidos y cruelmente castigados por la siniestra sima.

La mala suerte se había encarnizado con nosotros en una etapa de la exploración que había sido vencida ya anteriormente, en un punto que no comportaba especiales dificultades. Pero más valió que el doble accidente, por otra parte, se produjera allí, ya que si hubiera sobrevenido por ejemplo en la cota -345, en el fondo del gran pozo de agua de cien metros, probablemente no hubiéramos podido ser socorridos.

De todas formas, y en razón del curso de los acontecimientos (la ocupación alemana se iba extendiendo más y más), nuestras tentativas en la Henne Morte habían acabado y toda nueva aventura era ya imposible. El equipo mismo se había dispersado.

Algunos de sus componentes habían pasado a España, para reunirse con las tropas de Argelia; otros habían sido deportados a Alemania.

En cuanto a Loubens, una vez curado de sus heridas, estuvo pasando la frontera incorporado a un maquis que operaba no lejos de la Henne Morte, en aquel mismo macizo de Arbas que él conocía mejor que nadie.

Yo fui a París., donde pronuncié una conferencia sobre la Henne Morte en la Sala Pleyel el mismo día del bombardeo del barrio de La Chappel, que fue uno de los más serios que sufrió París en el curso de la guerra.

Al final de mi charla me expresé de la forma que me permito reproducir aquí:

“¿Volveremos a la Henne Morte? Muchas personas nos han hecho esta pregunta y nos la han hecho dispuestos a la aprobación, a la crítica, a la invectiva, según nuestra respuesta, nuestro punto de vista y temperamento.

“Para nosotros no ha sido nunca motivo de duda o, mejor, Maurel y Loubens habrían ya dado la respuesta, una hora apenas después del accidente, afirmando entre gemidos y en las peores circunstancias que volverían al asalto. Lo han declarado espontáneamente, sin fanfarronería alguna, sino con el sentimiento de haber sido detenidos injustamente en el momento más importante de su empresa.

“Volverán a ella —proseguí—, porque el hombre es aventurero por naturaleza y porque ni un centímetro cuadrado de nuestro planeta puede permanecer desconocido para él. Ya sea en la cumbre de las más altas montañas, donde apenas puede respirar, pero que ha alcanzado, o en los hielos polares y en los desiertos ardientes, en los que apenas puede vivir, pero por los que ha pasado, o en el fondo de los grandes océanos y de los grandes abismos de la tierra que no han sido aún explorados y de los que no se sabe si se saldrá con vida.

“La exploración, continúa, pues, y se reemprenderá. Pero esta gran sima no entregará el secreto de su enorme profundidad más que a un equipo de espeleólogos aguerridos, especializados, mejor equipados que como lo estamos ahora, cuando no se puede encontrar nada: ni un metro de cuerda, ni un solo metro de tela de goma, ni pilas eléctricas. Pues serán necesarias muchas cuerdas y escalas, equipos individuales, impermeables, lámparas eléctricas sumergibles, un teléfono de campaña.

“Con estas precauciones, provistos de un material apropiado y con la experiencia que nos ha llevado ya a casi cuatrocientos metros de profundidad, la sima de la Henne Morte tendrá que entregarnos su secreto y será vencida.”



Norbert Casteret. Mi vida subterránea . Editorial Bruguera, Barcelona. 1962. Número de Registro: 5942/61. 384 página. El fragmento está tomado de las páginas 242-248.